👨🏻💻 ¿Lo has intentado?
¿Te ha pasado de tratar de cambiar algo de tu carácter por tus propias fuerzas? Yo lo he intentado.
Me propuse reaccionar mejor, tener más paciencia, hablar con más calma o no dejarme llevar tan rápido por lo que sentía. Por supuesto, solo funcionó un tiempo. Para luego caer en lo mismo. He aprendido que la verdadera transformación no nace sólo de proponernos ser mejores.
Necesitamos mirar a Jesús. La Biblia lo dice así: “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y virtud…” (2 Pedro 1:3, RVR1960)
Me llama la atención que Pedro une la vida, la piedad y la virtud con el conocimiento de Jesús. No dice que crecemos simplemente por esforzarnos más, sino al conocer más profundamente a Aquel que nos llamó.
Porque Jesús no solo enseñó virtud. Él la vivió.
Su paciencia con los discípulos, su compasión por los quebrantados, Su firmeza ante la tentación y su obediencia al Padre nos muestran cómo luce una vida completamente rendida a Dios.
Y eso cambió mi perspectiva. La virtud no es una lista de cualidades que intentamos fabricar. Es el carácter de Cristo formándose en nosotros a medida que tenemos comunión con Él.
Amigo/a, quizá llevas tiempo intentando cambiar un área de tu vida y sientes que no avanzas. Su Palabra te recuerda algo maravilloso: Dios ya te ha dado todo lo que necesitas para vivir la vida que Él te llamó a vivir. La pregunta no es cuánto te estás esforzando, sino cuánto espacio le estás dando a Jesús para que moldee tu corazón.
Hoy, antes de pedirle a Dios que te convierta en una persona más virtuosa, pídele al Espíritu Santo que te revele el corazón de Cristo. Porque la virtud no crece cuando te enfocas en tus debilidades; crece cuando tus ojos permanecen puestos en Él.