⛲ Llenarlo todo
Cuando hablamos de la proclamación del evangelio, uno de los mayores ejemplos después de Jesús es el apóstol Pablo. Durante años he leído sus cartas, y hay frases que siguen impactándome cada vez que las encuentro.
Frases como: “Imítenme a mí, así como yo imito a Cristo."
O cuando afirma haber vivido con una buena conciencia delante de Dios.
Y, por supuesto, aquellas palabras tan conocidas: "He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe."
Pero hay otra frase que quizá no es tan famosa y que, sin embargo, me desafía profundamente. Pablo escribió:
"Con potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios; de manera que desde Jerusalén y por los alrededores hasta Ilírico, todo lo he llenado del evangelio de Cristo" (Romanos 15:19, NTV).
Pablo no está diciendo que todas las personas se convirtieron. Tampoco está diciendo que no quedaba trabajo por hacer. Lo que está diciendo es que había vivido con una visión tan clara de la misión que había dedicado su vida a llevar el evangelio a cada lugar posible.
Y justo después añade algo aún más desafiante: su anhelo era seguir predicando donde Cristo todavía no era conocido. Cuando leo estas palabras no puedo evitar preguntarme:
¿Qué pasaría si nosotros tuviéramos esa misma visión?
Piensa por un momento en tu barrio.
Piensa en tu ciudad.
Piensa en tu país.
¿Podrías imaginar una generación de creyentes comprometida con llenar cada espacio posible con el evangelio de Cristo?
Como te decía al comienzo de esta semana, vivimos en una época única en la historia. Tenemos más tecnología que cualquier generación anterior. Tenemos más acceso a la información, más recursos, más herramientas, más posibilidades de conexión.
Lo que muchas veces nos falta no son recursos. Lo que nos falta es visión.
La Biblia dice: "Donde no hay visión, el pueblo se extravía" (Proverbios 29:18, NTV).
Hoy necesitamos recuperar una visión grande. Una visión que nos impulse a utilizar cada herramienta disponible para compartir la esperanza que hay en Jesús. Una visión de llenar nuestros hogares, nuestras ciudades, nuestras conversaciones, nuestras redes sociales y nuestro mundo con el evangelio de Cristo.
Como ministerio, cada día recibimos mensajes de personas cuyas vidas han sido tocadas por Jesús.
Personas que estaban a punto de rendirse.
Personas que vivían sin esperanza.
Y que encontraron en Cristo aquello que llevaban años buscando.
Historias como esas son las que nos recuerdan por qué seguimos haciendo lo que hacemos. Por qué seguimos creyendo que vale la pena invertir nuestro tiempo, nuestras fuerzas, nuestras oraciones y nuestros recursos en compartir el evangelio.
Amigo/a, la esperanza del mundo tiene un nombre… Jesús.
Y mientras haya personas que aún no lo conocen, nuestra misión no habrá terminado. Por eso hoy quiero animarte a hacer esta oración: "Señor, gracias porque un día alguien compartió conmigo las buenas noticias. Dame una visión más grande de tu misión y ayúdame a utilizar todo lo que me has dado para que otros también puedan encontrarte a ti."