💪🏻 La fuerza de confiar
Mi esposa es alemana. Fuerte, directa, decidida y muy clara en lo que quiere.
Bajo los estándares que la cultura ha construido alrededor de la palabra sumisa, ella definitivamente no encaja.
Porque en muchos lugares, “mujer sumisa” se ha definido como alguien que obedece sin cuestionar, que calla para evitar problemas, que carga roles por obligación o permite que otros decidan por ella. Pero cuando venimos a Efesios 5, descubrimos que Dios presenta algo completamente distinto.
La Biblia nos muestra que la sumisión bíblica es una rendición voluntaria nacida del amor a Cristo, vivida dentro de una relación de entrega mutua y respeto profundo.
Bajo esta luz, Pablo escribe: “Esposas, sométanse a sus propios esposos como al Señor. Porque el esposo es cabeza de su esposa, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él su Salvador. Así como la iglesia se somete a Cristo, también las esposas deben someterse a sus esposos en todo” (Efesios 5:22-24 NVI)
Amigo/a, la realidad es que en el día a día, mi esposa y yo discutimos seguido por quién tiene la razón. Nos enojamos, nos confrontamos, pero también nos perdonamos. Ella conoce su valor como hija de Dios, tiene claro su llamado y constantemente me empuja a amar más a Jesús. No tenemos un matrimonio perfecto, pero luchamos porque sea uno rendido.
Ambos buscamos someternos primero a Cristo y luego el uno al otro.
Como vimos el primer día: “Sométanse unos a otros, por reverencia a Cristo.” (Efesios 5:21) Ese es el centro de nuestro matrimonio. No se trata de poder, se trata de propósito. No se trata de quién manda, sino de quién ama.
Amigo/a, quiero decirte algo con cariño: la sumisión bíblica tiene todo que ver con parecerse más a Cristo. No por control, sino por amor. En un mundo que pelea por tener la razón, las familias del Reino buscan parecerse más a Jesús.
Y quizá esta palabra toca áreas sensibles en ti.
Tal vez has visto la sumisión distorsionada o has cargado heridas. Pero recuerda: El diseño de Dios siempre ha sido este: dos personas rendidas a Cristo, caminando juntas en honra, respeto y gracia.
Hoy te invito a hacer una oración sencilla pero poderosa: “Señor, rindo mi corazón a Ti. Enséñame a amar como tú amas.”