❤️ Justicia para otros, misericordia para mí
Hay una parábola en Mateo 18 que siempre ha llamado profundamente mi atención, porque revela una paradoja muy humana.
En esta parábola, un rey comienza a cobrar las deudas que sus siervos tienen con él. Uno de ellos le debía una cantidad tan grande que jamás podría pagarla. Según la parábola, este hombre merecía ser vendido como esclavo junto con toda su familia para cubrir la deuda.
Pero al rogar por misericordia, sucede algo inesperado. El rey, movido a compasión, decide perdonarle toda la deuda. Si la parábola terminara aquí, sería simplemente una historia hermosa con la que todos quisiéramos identificarnos.
Pero no termina ahí.
Tan pronto como este siervo sale de la presencia del rey, se encuentra con un hombre que le debía una cantidad pequeña en comparación. Y aunque esa persona también le rogó paciencia, prometiendo pagarle, el siervo no tuvo misericordia. En lugar de perdonarlo, lo mandó a la cárcel hasta que pagara toda su deuda.
Amigo/a, ¿puedes ver la paradoja?
Ayer hablábamos de justicia y de cuán rápidos somos para exigir justicia cuando alguien nos ha hecho daño. Pero la realidad es que somos igual de rápidos para pedir misericordia cuando somos nosotros quienes fallamos.
Queremos justicia para otros. Pero misericordia para nosotros.
La bienaventuranza de hoy nos confronta con esta realidad: “Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia” (Mateo 5:7, RVR1960).
¿Qué es misericordia? Podríamos definirla así: Misericordia es poner nuestro corazón en la miseria del otro.
En el fondo, la misericordia dice: “Te veo como persona antes que como tu error.”
Eso no significa ignorar el pecado o justificar el daño. Significa elegir responder con la misma compasión que Dios ha tenido con nosotros. Y esta es la única manera de vivir esta bienaventuranza.
Solo cuando comprendemos la inmensa deuda que Dios perdonó en nosotros, somos verdaderamente libres para extender misericordia a otros. Porque quien entiende la magnitud de la gracia que recibió, difícilmente podrá negar gracia a los demás.
Déjame hacerte esta pregunta: ¿Hay alguien en tu vida a quien le estás exigiendo justicia, cuando Dios te está invitando a extender misericordia?
Tal vez el camino hacia la verdadera felicidad en el Reino de Dios comienza con una decisión muy concreta: Perdonar como has sido perdonado.