🤲🏼 Eres colaborador de Dios
Una de las cosas más hermosas que he vivido en estos últimos días ha sido ver a mis dos hijos disfrutar profundamente del tiempo de historias bíblicas antes de dormir, y no solo les gusta escucharlas; también han comenzado a contarlas.
Ambos ya pueden relatar la historia de Adán y Eva, el engaño de la serpiente y la caída. Mis hijos tienen dos y cinco años. Claro, la versión de mi hijo Thiago, el menor de los dos, quizá no sea la más teológica ni la más gramaticalmente correcta, pero aun así derrite mi corazón escucharlo contarla con tanta emoción.
Y mientras los escuchaba hablar de Dios hace unos días, me di cuenta de algo que me conmovió. La razón por la que mis hijos están aprendiendo historias bíblicas cada noche antes de dormir es porque, hace más de veinte años, alguien compartió el evangelio con mi familia.
Todo comenzó cuando un misionero de Estados Unidos decidió dejar su tierra para venir a México, pero detrás de él había muchas personas que oraban, iglesias que lo apoyaban económicamente y creyentes que creían en la importancia de llevar el evangelio a otros lugares.
Al llegar, fue enviado a trabajar en una zona específica de la ciudad. Curiosamente, esa era la zona donde vivían mis abuelos. Ellos escucharon el evangelio y fueron profundamente impactados por el mensaje de Jesús. Tanto, que decidieron abrir un estudio bíblico en su casa e invitar a sus hijos.
Uno de esos hijos era mi papá.
Mi papá escuchó el evangelio y su vida fue transformada. El cambio fue tan real y tan profundo que terminó impactando también mi vida. Y hoy, más de veinte años después, mi vida es algo que jamás hubiera imaginado. Soy pastor, misionero y escritor. Mi vida gira alrededor de servir al Dios que me salvó.
Y ahora mis hijos también están siendo impactados por esa misma historia. ¿Te das cuenta de cuántas personas participaron para que el evangelio llegara a mi hogar?
Personas que nunca conocí. Personas que probablemente nunca imaginaron que su oración, su apoyo o su servicio terminarían impactando a una familia al otro lado del mundo.
Por eso me encantan las palabras de Pablo: "En efecto, nosotros somos colaboradores al servicio de Dios" (1 Corintios 3:9,NVI).
Mi amigo/a, cada vez que tú y yo compartimos nuestra fe, servimos, oramos, damos o apoyamos la obra de Dios, nos convertimos en colaboradores de aquello que Él está haciendo en el mundo. Formamos parte de historias que muchas veces jamás veremos por completo de este lado de la eternidad.
Así como aquellas personas apoyaron a un misionero y, sin conocerme, oraron por mí y por mi familia, terminaron formando parte de mi historia, hoy tú también puedes formar parte de la historia de alguien más.
Quizá incluso de toda una generación.
Amigo/a, una de las mentiras más comunes es pensar que nuestro aporte es demasiado pequeño para marcar una diferencia. Pero Dios tiene la costumbre de tomar lo poco que ponemos en sus manos y multiplicarlo para impactar muchas vidas.
Cuando cada creyente hace su parte, el evangelio avanza. Cuando cada creyente participa, la misión se vuelve posible. Porque todos somos colaboradores, todos tenemos un lugar y todos podemos participar.