🥹 Cuando las lágrimas sanan
Hace un par de años, mi esposa y yo fuimos invitados a participar en un congreso de pastores en Brasil. Fue un tiempo muy especial de conexión, amistad y aprendizaje.
Sin embargo, lo que más recuerdo de esos días ocurrió hacia el final de la conferencia.La persona que estaba dirigiendo anunció que entraríamos en un tiempo de ministración.
Comenzó la música y el conferencista empezó a orar. Poco a poco fue dirigiendo nuestra atención hacia Jesús. De pronto, una oración comenzó a brotar de mi corazón, pero fue algo completamente inesperado. Empecé a pedirle a Dios que perdonara a la iglesia en México, especialmente al grupo de iglesias del cual soy parte.
En cuestión de minutos, mis ojos se llenaron de lágrimas y sentí una profunda carga por mi iglesia. Entonces vino a mi mente la imagen de Nehemías, llorando y orando por el pecado de su pueblo, pidiéndole perdón a Dios.
Amigo/a, déjame hacerte una pregunta: ¿Cuándo fue la última vez que lloraste por tu pecado? ¿Cuándo fue la última vez que sentiste el peso del dolor que tu pecado le causa a Dios?
La segunda bienaventuranza dice lo siguiente: “Bienaventurados los que lloran, porque recibirán consolación” (Mateo 5:4, RVR1960).
Una vez que hemos reconocido nuestra profunda necesidad de Dios, los vacíos de nuestro corazón y cuán rotos estamos, el siguiente paso hacia la verdadera felicidad es… llorar.
Y es que un corazón transformado aprende a lamentar aquello que rompe el corazón de Dios. Y no se trata solamente de llorar por problemas personales. Jesús también habla del dolor por el pecado, por la injusticia y por la quebrantadura de este mundo.
Vivimos en una cultura que evita el dolor a toda costa. Nos distraemos, nos anestesiamos y seguimos adelante como si nada. Pero el Reino de Dios no funciona así.
Antes de sanar profundamente, muchas veces Dios primero nos hace sentir profundamente. Pero lo hermoso de esta bienaventuranza es que también viene acompañada de una promesa: si lloras, serás consolado.
Dios nunca desperdicia las lágrimas de un corazón arrepentido.
Como dice el Salmo 30: "...Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría" (Salmo 30:5, RVR1960).
Amigo/a, tal vez hoy necesitas permitirte sentir nuevamente. Tal vez te has acostumbrado al pecado, al ruido o a la dureza del corazón.
Si es así, ¿qué tal si hoy le pides al Señor que ablande tu corazón una vez más? Porque muchas veces, las lágrimas de arrepentimiento son el comienzo de una verdadera restauración.