¿Por qué te quejas?

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“¿Por qué te abates, oh alma mía,
y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío. Dios mío, mi alma está abatida en mí; me acordaré, por tanto, de ti desde la tierra del Jordán, y de los hermonitas, desde el monte de Mizar” (Salmo 42:5-6).

Si eres como yo, seguramente tenderás a preguntarle a menudo a Dios “¿por qué?”:

  • ¿Por qué me pasa esto?
  • ¿Por qué esta enfermedad?
  • ¿Por qué este sufrimiento?
  • ¿Por qué esta prueba?
  • ¿Por qué esta soledad?

Creo que estas preguntas hechas a Dios con sinceridad son legítimas. Sufrimos muchas veces, y queremos conocer el motivo.

Pero Dios, a menudo, no nos da todas las respuestas. Entonces, tendemos a interiorizar nuestras dudas y las transformamos muchas veces en desánimo y abatimiento.

David mismo se sentía en ocasiones desanimado. Cuando nuestra alma está abatida, este desánimo interior se exterioriza en forma de quejas y lamentaciones, tales como “No estoy feliz, mi vida no vale nada, ¿para qué vivir?”. Pero recuerda bien esto: el problema no desaparece por medio de la queja. Al contrario: se hace más grande cuando nos quejamos.

Aquí tienes un pasaje que espero que te anime tanto como a mí: “Sobre mi guarda estaré, y sobre la fortaleza afirmaré el pie, y velaré para ver lo que se me dirá, y qué he de responder tocante a mi queja. Y Jehová me respondió, y dijo: Escribe la visión, y declárala en tablas, para que corra el que leyere en ella. Aunque la visión tardará aún por un tiempo, mas se apresura hacia el fin, y no mentirá; aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará” (Habacuc 2:1-3).

Dios contesta a nuestra quejas de la misma manera que lo hizo con el profeta: ¡diciéndonos que sus promesas son ciertas! Las promesas de Dios sin ninguna duda se cumplirán; por lo tanto, ¿por qué te quejas? Como decía un escritor: “Dejo hoy de quejarme, porque sé que mi Dios tiene el control”.

Gracias por existir,
Eric Célérier