¡Eres perfecto ante Sus ojos!

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En estos días, hemos visto juntos que eres maravilloso(a) ante los ojos de Dios, y así también deberías sentirte. Hoy, Dios quiere recordarte que eres perfecto(a) ante sus ojos. Es lo que dice en Su Palabra: “porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:14).

En realidad, Dios no mira nuestros defectos. Y no los mira, no porque haya decidido esconderlos bajo ropas blancas… ¡no, sino sencillamente por han desaparecido! ¡Para siempre!

En efecto, Dios los borra de nuestra vida, y nos hace perfectos, como Él es, ya que Él ha “anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz” (Colosenses 2:14).

Esto se produce milagrosamente cuando:

  • Confesamos nuestros errores y nuestros pecados.
  • Le pedimos perdón.
  • Decidimos apartar de nuestra vida esos pecados, y no volver a caer en ellos.

En ese momento cuando Dios cumple ese milagro, y Jesús viene a vivir en nosotros.

Te animo a declarar esta palabra de Jesús, que te dice hoy: “Y nunca más me acordaré de tus pecados y transgresiones” (adaptado de Hebreos 10:17).

Es Jesús quien lo dice, y nadie puede decir nada en contra esta verdad. ¡Es la verdad la que nos hace libres! Entonces:

  • Si estás abatido(a) por ciertas malas actitudes que todavía sigues teniendo,
  • Si piensas que jamás cambiarás,
  • Si te culpas por tus defectos…

declara esto con tus labios: “¡Dios me ha hecho perfecto(a) para siempre!”

Querido(a) amigo(a), te invito a orar ahora conmigo: “Gracias, Señor Jesús, por haber muerto por mí, a fin de hacerme perfecto(a). Has dicho que no recordarás más mis pecados, ni  mis iniquidades. A partir de hoy, renuncio a esos sentimientos que me quieren abatir, ya que sé que actúas en mí, a fin de que a cada instante Jesús viva en mí. Gracias por haberme hecho perfecto(a) ante tus ojos. En el nombre de Jesús. ¡Amén!”

Te animo a tener esta verdad anclada en tu corazón: Dios te ha hecho perfecto(a), aun en medio de tu humana imperfección. ¡Gloria a Dios!

¡Te deseo un día estupendo!

Gracias por existir,
Éric Célérier

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