“Entre broma y broma…”

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A veces hacemos comentarios rápidos, casi sin pensar, y no nos damos cuenta del efecto que esas palabras tienen en otras personas. 

Recuerdo que cuando era adolescente tuve una pequeña psoriasis, que se manifestó con la aparición de rojeces en los codos y en las manos. Era un poco incómodo, pero gracias a Dios desapareció al poco tiempo; sin embargo, todavía recuerdo la reacción que tuvo uno de mis amigos de la iglesia cuando vio las rojeces en mis brazos. Me dijo bastante serio: “¡Tío, estás podrido!”. 

Obviamente me lo dijo de broma, pero ¿te puedes creer de todas las conversaciones que hemos tenido a lo largo de estos años, este simple comentario es uno de los que más recuerdo? En las diferentes ocasiones en las que he experimentado molestias o enfermedades en mi cuerpo, estas palabras han seguido resonando en mi mente, haciéndome pensar de manera casi inconsciente que quizá en el fondo sí que había algo erróneo en mí. 

Esas palabras me afectaron, y abrieron puertas en mi vida a temores y a conclusiones erróneas. ¿Y sabes qué es lo peor? Que no era su intención hacerme daño. De hecho, estoy convencido de que yo también he cometido ese mismo error en varias ocasiones, y que algunos de los comentarios que he hecho sin pensar a lo largo de mi vida han afectado a otras personas. 

No es ninguna tontería: Jesús de hecho nos avisa de que tendremos que dar cuentas por ese tipo de comentarios irreflexivos (Mateo 12:36). La Biblia dice que de nuestras bocas “proceden bendición y maldición […] ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga? ¿Puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Así también ninguna fuente puede dar agua salada y dulce” (Santiago 3:10-13). 

¡Mi querido(a) amigo(a), que de la fuente de tu boca solo broten palabras de bendición! Proponte de todo corazón en este día no hacer comentarios que puedan afectar a otras personas y convertirse en una maldición para ellos. Que tus palabras sean dulces, y que sacien la sed de los que están a tu alrededor. 

¡Eres un Milagro!
Christian Misch