Del dolor al consuelo…

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Todos experimentamos tiempos de pruebas a lo largo de nuestra vida. La vida es así, y nadie se libra de ello. Sin embargo, vamos a descubrir durante esta semana que estos tiempos de pruebas juegan un papel muy importante en nuestras vidas. Quizá ahora mismo lo dudes, pero me gustaría animarte a creerlo por fe.

La Biblia nos enseña qué es a través de las pruebas que somos transformados.

Leemos en la Biblia: “Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca” (1 Pedro 5:10).

La historia de la sunamita (una mujer de la ciudad de Sunem, de la cual nos habla la Biblia) ilustra perfectamente lo que Dios puede hacer en la vida de aquel/aquella que confía en Él. Esta mujer, estéril, osó creer en aquello que era humanamente imposible para ella: tener un hijo. Leemos más adelante que tuvo un hijo, el cual cayó enfermo y murió (puedes leer su historia en el capítulo 4 del libro de 2 de Reyes). Ella, entonces, dejó a su hijo en la habitación del profeta Eliseo, como dice 2 Reyes 4:21.

Cuando hacemos frente a sufrimientos profundos, tenemos dos posibilidades

  • quedar cautivos del dolor que sentimos,
  • o abrir nuestro corazón a Dios.

Solo la presencia del Señor puede resucitar lo que está muerto. Es cierto, esto implica fe, coraje y perseverancia; sin embargo, es la única solución. Cuando la situación complicada se presente a tu vida, te invito a buscar, tú también, la Presencia de Dios.

Cuando todo parece muerto o perdido, puedes encontrar refugio en el lugar secreto, pues Dios te ve y te oye allí (mira Mateo 6:6). Espera en el Espíritu Santo, ya que Él está ahí para consolarte, acompañarte y reconfortarte.

Cuando estás en lo más fuerte de la tempestad, del dolor, estos momentos que pones aparte en la Presencia de Dios marcan verdaderamente la diferencia en tu vida. Es en Su presencia, frente a Su trono de gracia, donde pasas del dolor al consuelo. ¡Solo el Espíritu de Dios puede hacer esto en ti!

Te invito a orar conmigo ahora: “Señor, conoces la prueba por la que estoy pasando, y sabes también la forma en la que me librarás de ella. Decido, por tanto, confiarte mi pena. Te agradezco por afianzarme, fortificarme y volverme inquebrantable, en el Nombre de Jesús. Amén”.

¡Querido(a) amigo(a), acude ante Su Presencia tantas veces como sea necesario! El Señor quiere cambiar tu dolor en consuelo.

Gracias por existir,
Éric Célérier