¿A quién deseas parecerte?

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¿Recuerdas los sueños que tenías cuando eras pequeño(a)?

Para aquellos que han tenido un buen padre en su infancia, generalmente solo deseaban una cosa cuando eran pequeños: ¡ser como su “Papá”! Tener el mismo oficio que “Papá”, practicar el mismo deporte que “Papá”…

Como hijos de Dios, es normal que tú y yo tengamos el deseo de parecernos a Él. Él es verdaderamente un buen Padre, es el Padre perfecto. ¡Cómo no vamos a querer parecernos a Él!

  • Dios nos ama incondicionalmente
  • Dios nos alienta en todo tiempo
  • Dios es fiel
  • Dios es paciente
  • ¡Dios es bueno!

Y estos no son más que algunos ejemplos de Su personalidad incomparable.

Sin embargo, en ocasiones, tu naturaleza humana puede alcanzarte, y tu “mal carácter” quizá resurge cuando pensabas que lo habías dejado atrás. Querido(a) amigo(a), cuando esto ocurra, ¡no te desanimes! Con la ayuda del Señor serás cada vez más parecido(a) a Dios.

En efecto, la Biblia te lo asegura: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18).

Esta obra de transformación no es tuya, sino que es Dios quien la hace en ti a través de Su Santo Espíritu. ¡Cuanto más tiempo pases en Su Presencia, más te parecerás a Él!

Dios sabía que no podías parecerte a Él por tus propias fuerzas, por lo que Él mismo proveyó una forma para que pudieses conseguir ser más parecido a Su imagen: Él te envió al Espíritu Santo.

Te animo a perseverar cada día en tu deseo de ser más parecido(a) a tu Padre celestial. ¿Quieres orar ahora conmigo? “Padre, enséñame a través de tu Espíritu Santo a sentir lo que Tú sientes, a tener Tu carácter, a fin de que todo el mundo pueda ver a Jesús a través de mí. En el Nombre de Jesús te lo pido, ¡Amén!”.

Gracias por existir,
Éric Célérier